Fernando Otero

El Arrivo

El nuevo terminal lucia imponente desde la ventanilla del avión. Elegante, moderno. La sensación no cambió cuando comenzó a transitar los corredores nuevos con pisos todavía vírgenes de las manchas encontradas en todos los aeropuertos de America Latina y que son dejadas  por las lagrimas de los inmigrantes que se van con planes para volver el año que viene pero que se quedan en la distancia tratando de vivir los sueños soñados antes del exilio.
Todo era eficiente. Ya no había un cinturón para entregar  el equipaje sino varios, modernos, en una sala amplia, llena de luz. Pudo recoger sus maletas, cambiar unos cuantos dólares, pasar inmigración todo en menos de media hora. Definitivamente este no era el mismo aeropuerto del que fué cliente habitual durante los días de estudios universitarios en la fría capital. Y es que para confundir los recuerdos, el sábado estaba lleno de sol. Las mujeres vestían con el color y el estilo de las mujeres de la tierra costeña y no con los paños que recuerdaba en las capitalinas de los años jóvenes. Los hombres descomplicados, sin los sacos y abrigos de color oscuro que eran sinónimos de una intelectualidad falsa. Se sintió perdido y desubicado. Se sentía como en cualquier aeropuerto del mundo, sín ese sello de autenticidad del Macondo del alma.

Así fue la sensación de sorpresa y desconcierto cuando en una fría tarde bostoniana, se encontró con su amigo de la infancia, Federico. Federico fue compañero de torneos de bolita de uñita, duelos inolvidables de chequita y bola de trapo, tomador de ron prematuro, y visitante asiduo de Maria de La Hoz, la meretriz del Barrio Abajo quien introdujo una estrategia de mercadeo que cambió para siempre la rutina de las putas de la ciudad cuando decidió abrir las puertas a los estudiantes de bachillerato los martes a las cuatro de la tarde cobrando a mitad de precio. Federico, mamador de gallo inigualable, narrador de sueños, y soñador. Pero, esa tarde, no encontró en Federico el personaje de los recuerdos, sino un científico parco, sin sentido del humor, y con una amnesia incurable al ayer. Definitivamente, la gente, las cosas, y los aeropuertos cambian con el tiempo.

Se dirigió con esos pensamientos y la nostalgia por encontrar un recuerdodel ayer hacia el Puente Aéreo para abordar el avión que lo llevaría a Barranquilla, el destino final de ese día. Todo seguía funcionando como debía funcionar, todo hacia sentido, todo tenía un orden en este aeropuerto. Y eso lo confundía. Leyó el tiquete para encontrar la puerta de salita, Puerta 8. Sin embargo la pantalla indicaba Puerta 5. Esto pasa en todas partes, se dijo a si mismo, las puertas de salida cambian en último momento. Se dirigió con paso rápido y con ganas de irse a la Puerta 5. La chica que recogía los tiquetes tomó el pasabordo con la destreza que da repetir la misma acción mil veces al día,  leyó el tiquete y le dijo sin levantar la cara, este vuelo se va por la Puerta 8. La miró y como niño regañado le respendió que la pantalla decía Puerta 5. Ella levantó la vista, lo  miró con ojos de sabelotodo y dijo con tono de profesora, es que aquí todos sabemos que para este vuelo el monitor esta equivocado y que cinco es igual a ocho. Sonrió, le dío las gracias, y caminó feliz, casi corriendo a la Puerta 8. La respuesta absurda le devolvió la alegría. Estaba de regreso en su tierra.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Fernando Otero.
Publicado en e-Stories.org el 17.11.2012.

 

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