Pablo Sánchez

DESESPERACION

  Esa noche de verano, el camping "Los huerfanos" parecía desolado, la ciudad me habia mostrado de día la vida y el movimiento, pero al caer la tarde, solo se oía el chirrido de un par de grillos afónicos. Desperté pensando que en esa carpa algo andaba mal, mis ojos se abrieron grandes producto de algo que me estremeció, no podía ver nada, la oscuridad era profunda, agite mis manos tanteando el espacio en busca de objetos y un punto para orientarme, pero solo hallé aire.
  Tenía la certeza que estaba en la carpa pero ese sitio no era el mismo, busqué el cierre con nerviosismo y nunca llegaba a los laterales de aquella maldita bolsa de lona, la sensación de encierro, aunque no parecía estarlo, era cada vez peor, pensé estar fuera por algún motivo pero la frazada en el suelo me dio la pista de lo contrario. Finalmente después de algunos segundos eternos encontré lo que parecía ser el frente de la carpa, acaricié con la palma toda la superficie pero la salida no se me presentó. Grité con ganas - carajo, ¡esta mierda! Me di vuelta rápido, gateé hasta el otro extremo y repetí la secuencia, el maldito cierre parecía haber desaparecido y mis nervios se crisparon, para colmo de males ni en el cementerio existía tanto silencio, estaba en una burbuja de porquería, sintiéndome como con un ataque de estupidez por no poder salir.

  Antes de llegar, el camino de ripio que comunicaba al lago con el camping parecía mas largo y ya presentía cierta quietud, los árboles cipreses que adornaban el lugar estaban inmóviles, sin aves sobrevolando sus copas y el viento que por la mañana soplaba con fuerza había desaparecido. Otra extrañeza que observé en el trayecto que sin duda llamó a mi atención, fue la falta de gente en el lugar, todo estaba muerto. Finalmente cuando crucé la corta puerta de madera de “Los huérfanos”, miré a mi alrededor y recorrí el sitio para intentar hallar a alguien, pero las cabañas se encontraban cerradas, las otras carpas e igloos aparentaban estar vacías y abandonadas, la noche caía y decidí irme a dormir, al día siguiente vería que hacer.
  Me quedé sin moverme dentro de esa burbuja piramidal, acordándome de todo, odiaba la oscuridad, las vacaciones que no debería haberme tomado, quería llorar, gritar ayuda, pero nada era tan grave, nadie me había hecho nada, solo tenía miedo y la culpa era mía por no poder escapar.Cerré los ojos y traté de acostarme, mañana, con luz, todo sería diferente para disfrutar del descanso, alejado de todos esos cerdos capitalistas que explotaban mis virtudes. De pronto oí un ruido, aunque no reconocí lo que fue, sabía que provenía de afuera, me incorporé un poco y pregunté si había alguien por ahí, nadie contestó, otra vez el sonido, era como un gemido o un gato en celo, qué se yo. Temblé y las ansias por salir corriendo eran enormes, en un estado de parálisis me quedé escuchando por momentos el mutismo de la noche en el exterior cuando algo lo interrumpió por completo, un rasguño en la lona me hizo saltar – ¡maldito!, ¿quién sos? Grité, nada o nadie respondió. Creí necesitar algo para defenderme, busqué tanteando mi mochila donde guardaba el facón de alpaca que me regaló mi padre y que llevaba a todos lados como amuleto. Desafortunadamente no encontré nada. Mientras tanto, sentía que arrastraban algo alrededor de la carpa, empecé a llorar a los gritos pidiendo que me ayuden, quería desaparecer y aparecer en otro lado, no soportaba la angustia y la impotencia, una risita me desesperó por completo, con patadas a los costados traté de ahuyentar a mi martirizador pero solo logré que se cayera un soporte de la carpa.
  Nada podía estar peor cuando repentinamente percibí humedad bajo mío . ¿Acaso llovía? ¿Quién era el chistoso que hacía esto? Por otra parte, pensaba que podía encontrarme en una pesadilla que nunca terminaba, traté de tranquilizarme nuevamente y seguí buscando el escape, giraba de rodillas palpando los costados, el frente y la parte posterior de aquella pequeña cárcel sin entender como pudo desaparecer la cremallera, entretanto todo se llenaba de agua. Con un movimiento rápido, mi mano chocó con un bulto, mi salvación había encontrado la mochila. Rápidamente busqué el cuchillo, lo saqué de su vaina y lo hundí en la lona, tajándola, observé con dificultad como la luz que encandilaba mis ojos entraba dentro por el orificio, cuando una sombra se aproximó con velocidad y sin dudarlo me abalancé con furia clavando la daga en el perverso ser que me atacaba.
  Al incorporarme, ya fuera de mi prisión y con la vista recuperada, me di cuenta de la tragedia que provoqué, el cuerpo que se hallaba tirado pertenecía a mi amigo Pedro, el encargado del camping. Alrededor de mí unas diez personas me miraban estupefactas, quise explicar, decirles qué pasó en realidad, pero no existe lógica para el sinrazón, ya era tarde.

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Pablo Sánchez.
Publicado en e-Stories.org el 06.01.2013.

 

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