Maria Teresa Aláez García

Una historia distinta 1

UNA HISTORIA DISTINTA 1.
 
 (Escrito en el Hospital Comarcal de la Marina Baixa, la Vila Joiosa, entre los meses de marzo y abril de 2004.)
 
 Cuando voy al hospital, cuando me ingresan, se acrecienta mi creatividad. Quizás sea porque, aunque con incomodidad  - enfermedad, agujas en el brazo, medida de temperatura, tensión, gente – pero con un personal que se desvive y procura que la estancia sea lo más llevadera que permitan las circunstancias, sea por que duermo, sea porque hay silencio y tranquilidad y paro de mover el trasiego de mi cerebro un poco pensando en los demás, sea porque además hay un ambiente de servicio y de profesionalidad increíble, de trabajo, de actitud abierta y competente, por lo que sea, me veo mejor y me vuelvo más creativa.
 
 El hospital está construido en cierto lugar con condiciones especiales. Es un lugar entre colinas, con naranjos cerca, un descampado, bajo un cielo azul abierto increíble, el mar a un lado y el Puig Campana al otro y cerca la tumba de Sertorium o  torre de Sant Josep que era una torre donde se dejaban ofrendas – marcando, por lo tanto, un lugar sagrado – mirando al mar y mirando hacia el interior, una antigua mezquita árabe, cerca del río Torres. Al pie del Puig Campana o en su cercanía, todo es distinto. ¿Mágico? Posiblemente. ¿Espiritual? También.
 
 En mi  misma habitación puedo encontrar historias. Una habitación de 20 metros cuadrados, de forma rectangular a la que se accede a través de una puerta grande, ancha, para que entre una cama. La habitación está pintada con la gota, en color crema oscuro. El suelo es de baldosín, de color beige. Hay dos armarios pequeños, de aproximadamente 1m x 0.50 para colocar los efectos personales, sin picos, con ruedas negras en su base  y que se abren por un lateral.
 
 Hay también dos grandes butacas con orejeras y dos sillas en color azul oscuro. Las butacas tienen el reposapiés recogido. En la pared opuesta a la de la puerta hay una ventana con una persiana de reja. La ventana tiene dos alas de cristal.
 
 En medio de los armarios, que se encuentran en la pared de la derecha, según se entra, y colocada en alto, en una repisa metálica con borde asegurador, hay una pequeña televisión negra. Al lado, un recuadro pequeño en la pared con una reja de plástico, por donde hablan las enfermeras y en el muro, una hoja donde se explica lo que hay que hacer con la tarjeta del teléfono y la de la televisión que vale para ambas. A un lado hay un cuadro con dos caballos alazanes, uno marrón y uno negro, en un bosque, con un lago. Al otro, un cuadro de un barco. Enfrente de esta pared se encuentra la pared de las camas y el aseo al que se accede por una esquina. El aseo, todo rosado, dispone de una ducha pequeña, un lavabo con un espejo, un banquito, un recuadro en la pared con una puerta metálica que cubre el dispositivo de limpiacuñas, las dos cuñas correspondientes y las toallas. En la ducha, la cortina blanca.
 
 Las camas tienen en el costado que queda en la pared, una mesilla con un pie para dejar cosas. Una tabla abatible para colocar la bandeja de la comida y que el enfermo tome alimento desde la cama. Y un cajón.
 
 En medio de las dos camas, en el techo, la vara de la cortina y el dispositivo de incendios.  En la pared, el oxígeno  y el vacuum y en la cabecera de la cama una barra plateada donde están las luces, los timbres – uno para la luz y otro para la enfermera- y unos enchufes.
 
 Una cama es la marcada con la letra A. La otra es la marcada con la letra B.
 
 En mi caso, estoy en la 3216-B. Piso 3, pasillo 2, habitación 16, cama B.  A la entrada de mi habitación no hay número.
 
 Por la cama A han pasado desde mi estancia, dos mujeres. G. enfermera y Dolores, una señora de Madrid, jubilada, viuda y ya fallecida. Ha venido una auxiliar del asilo a pasar la noche con Dolores. Dolores tiene el pelo blanco, corto y liso, como Lilian. Sus ojos son azules y pequeños. Es menuda de cuerpo pero no es delgada, de baja estatura, de nariz grande. En sus ojos y en su tranquilidad, su modo de comportarse, su delicadeza al hablar, me recuerda a mi amiga T.
 
 Me dijo que desde que la operaron de la vesícula y por efecto de la anestesia, ve en las paredes flores, cortinas, caras de chicas guapas, cosas bonitas. Le respondí que posiblemente fuera su cielo, lo que hay en su cerebro.
 
 Pudo haber sido una mujer muy bella. Parece que nos tantea a todos los que entramos. En un principio me inspiró un poquito de desconfianza. Me pareció que había algo que no me gustaba. Pero todo lo nuevo, las situaciones nuevas, las personas nuevas, no tienen por qué gustarnos desde un principio. Dolores era una mujer amable y considerada y me hizo cambiar enseguida de opinión. No tuvo hijos y cuando murió su marido, las monjas la trajeron a la Residencia Asilo de Santa Marta, de La Vila Joiosa.
 
 A su asistenta me pareció haberla visto alguna vez pero no recuerdo en dónde. Es una chica joven, rubia teñida, con un jersey de punto beige, un pantalón marón vaquero con parches de napa y botas de monte. Una chaqueta verde de pana y un bolso marrón claro. Ha traído algunas revistas: el “Pronto”, una revista de cotilleo. Al llegar, ha preguntado por la tarjeta del teléfono que la madre del convento había comprado.
 
 Dejé a mi compañera con su asistenta y me recosté. Mi cuerpo está angustiado y preocupado. Mi marido y mi hijo acaban de tener un accidente, del cual, gracias al cielo, han salido bien, pero no estoy en casa para atenderles y mirar qué les ha ocurrido. Eso me pone nerviosa o violenta o me causa angustia, sobre todo por el niño.  Me han dado un calmante para poder dormir porque si no gastaré mi tarjeta entera y todas las que pueda en llamarlos por teléfono cada hora para ver cómo están.
 
 Y con el sopor del tranquilizante, miré hacia el techo. Miré hacia las cosas que tenía en mi derredor. Y pensé:
 
 ¿Qué comentarios harían los objetos de la habitación si pudieran hablar? ¿Qué verían? ¿Cómo nos mirarían? ¿Qué sentirían?
 
 De cuando en cuando veo el choque del taxi contra la furgoneta, a mi hijo en los brazos de su padre, en el suelo del coche y el taxi empotrado contra la panza del otro vehículo.  El conductor se salvó. Mi hijo vino con su rostro blanco. No me dejaron salir. Me quería ir corriendo con ellos.
 
 La chica es soltera. Hace guardia. Está tranquila y satisfecha. Sus dientes no son perfectos y su cutis tampoco pero tiene un buen tipo. Puede que se haya puesto así de guapa porque espera conocer a algún médico o enfermero. O la esperan su novio o su marido. En su bolso llevará algo para arreglarse  la cara, el móvil, la cartera  con fotos, alguna joya, un bolígrafo,. Lleva una vida algo monótona entre los ancianos del asilo y su casa pero es feliz.
 
 ¿Qué sintieron todos, mientras bajaban la cuesta, cuando vieron que no había remedio e iban a encajarse en la hurgona? Se abrieron los airbag, reaccionaron a tiempo. El niño podía haber volado por el parabrisas. Dios mío, la importancia de llevar la silla, menos mal que se la cogimos en Navidad, una sillita de esas que se deja en casa y se puede poner en cualquier coche y se adapta al cinturón de seguridad. Aún así su padre lo cogió y lo metió debajo del asiento. Gran rapidez de reflejos, menos mal, le dio tiempo. El niño viene muerto de miedo, no quería ruidos, no quería saber nada.
 
 Dolores ha cuidado de su casa y de su marido. Ha sido una mujer muy discreta.
 
 Se me ocurre una historia. Los dos caballos del cuadro dialogan.
  
Otra. ¿De qué hablan los armarios?
  
Una tercera. Las personas que van entrando en la habitación. Sus cortas vidas. Un nexo de unión: un libro, un cuaderno, una nota dejada en el cajón…
 
 Diálogo entre las sábanas, el camisón y el suapel.
 
 Lo que hacen los nervios  y el cansancio.
 
 Y ahora… ¿Qué habrán cenado en casa? ¿Se habrán duchado? ¿Cómo estarán? ¿Qué harán el padre y el hijo estos días que me toca estar aquí? Pediré el alta voluntaria, no puedo estar aquí…  Ahora es cuando más me necesitan…
 
 B: Yo, bruja.  M: Yo, yo.
 
 B: ¡¡No hay derecho!! ¡¡No hay derecho!!
 
 M. ¿A qué?
 
 B. ¡¡No lo sé!! Al menos saluda, digo yo. ¿No?
 
 M. Sí, claro. Buenas tardes.
 
 B. Buenas tardes.
 
 M. Dices las cosas sin saber por qué.
 
 B. Estoy escuchando la conversación de la habitación contigua. No la de la habitación de enfrente. La gente de Andalucía son los mejores. Quienes más trabajan, quienes mejor piensan.
 
 M. Y los demás también. Esa manera de proceder no es propia de un solo pueblo.
 
 B. ¡¡Calla!! ¿Qué sabrás tú? ¡¡Fracasada!!.
 
 M. Eso me duele. ¿Por qué te empeñas en hacerme daño?
 
 B. Te haces daño tú. ¿Por qué te afecta lo que yo te diga?
 
 M. Porque ambas somos yo y dependo de ti tanto como tú de mi.
 
 B. ¡¡Eso no es cierto!! De hecho, yo te daño pero no ocurre esto a la recíproca. Tú no me afectas y no me siento culpable de nada de lo que hago y digo para dañarte. De hecho, obligo a este cuerpo y a este cerebro a moverse y a reaccionar de cualquier modo y tú no puedes frenarlo.
 
 M. ¿Sabes? Creo que aquí sobramos tanto tú como yo. Ella me da oportunidad de crecer y madurar y me tiene en cuenta como a la hija que perdió porque no le pidió a Dios que la cuidara como hizo con su hijo. Pero he de ayudarle a superarlo. Tú estás por el niño pero le haces daño tanto a ella como al niño.
 
 B. ¿Pretendes que me vaya porque me digas eso? ¡Lárgate tú que eres inservible! Al menos la conozco y con lo que le doy se siente contenta.
 
 M. Por el contrario. Eres inmadura e infantil y actúas con la mente cruel e inteligente de un niño. Ella se siente gorda, fea, abatida e impotente. Por unos momentos, por un tiempo, te dio la oportunidad de regenerarte y de convivir conmigo. Pero creces y la haces perezosa. Y te alías con quienes son crueles con ella.
 
 B. Pero… ¡El niño!
 
 M. Ella cuidará del niño. Hará un plan para ella, para su marido y para su hijo. Lo malo es que su marido lo fastidia todo porque por quedar bien con todo el mundo, sacrifica a su propia familia. Ella ahora ha de luchar contra esto y marcarse un plan a seguir. Si no, fracasaremos las tres. Y tú ayuda es valiosa por tu energía.
 
 B. Es muy lioso limpiar y ordenar y el niño está nervioso y el padre también está nervioso. Derrocha demasiado. En coches, en taxis, en todo.
 
 M. Estoy cansada.
 
 B. Yo también.
 
 M. Tenemos mucho que hacer.
 
 B. ¿No me odias?
 
 M. No. Deberíamos hablar más a menudo para ponernos de acuerdo.
 
 B. Yo siento el odio recorrer mi cuerpo. Desde mis vísceras. Tengo furia. Ganas de gritar, de enfadarme, por dejarme llevar de mí misma, ante L, tu marido y la C. tu hermana. No debí haber quedado con ella en evidencia así. Pero bueno, si hace buenas migas con el médico ése a quien llamaba la atención de C. por eso gritaba así. Como si no hubiera enfermeras más guapas que ella. Pues que ambos se entiendan.
 
 M. A mí no puede gustarme. Será buena persona, se pondrá su escudo, tendrá sus razones para ese comportamiento pero no me gusta nada. No sé por qué me huelo que hablaban de mí en esa conversación que escuché. Me acaban de traer un protector para  el estómago.
 
 B. ¡Por fin! Deberíamos llamar a Naqsh el sufi. Pero no tengo ganas.
 
 M. Yo tampoco. Ya veremos.

 

 

Todos los derechos pertenecen a su autor. Ha sido publicado en e-Stories.org a solicitud de Maria Teresa Aláez García.
Publicado en e-Stories.org el 16.08.2008.

 

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